Volver al vientre de la madre

Es la primera vez que participo de un Temazcal para niños/as y ha sido una experiencia muy dulce.

Mientras lo estábamos limpiando y preparando, encontramos un sapito. A los sapos se les denomina H´ampatu en la cultura andina y simbolizan a la Pachamama, la madre tierra, un ser absolutamente venerado y reconocido en esta cultura. Estábamos muy contentas por el buen augurio.

Los Tmazcales son una medicina muy antigua, de 5.000 años atrás, que practicaban los Indios Americanos como forma de purificación en sus comunidades. Así, este rito se lleva a cabo en una construcción en forma de iglú, realizada con ramas o barro. En el centro de su interior hay un agujero, donde posteriormente se convocaran piedras previamente calentadas al fuego. De oscuridad y sudor es su interior. De intimidad profunda donde escuchar la respiración y el corazón palpitar. Todo es simbólico en el Tmazcal. Nada por casualidad. La puerta de entrada se encuentra al Este de los antepasados y el fuego, abuelo sagrado , en el Oeste de la muerte y la transformación. Las piedras simbolizan a las abuelas, a las que han escuchado y presenciado con sabiduría la vida pasar de otros seres de no tan longevo destino. Y ahi adentro ya solo queda rezar, al modo de antiguamente, cantando, invocando y con la conciencia en la palabra. Cuatro puertas se abren y cuatro veces se llama a las abuelas. Por el propósito, por la bendición de las aguas femeninas,  por el poder y por la que recibe, de este modo y en este orden, se atraviesa la gran oportunidad de estar de nuevo vivenciando como es estar en el vientre de la madre tierra y ser de nuevo, renacido/a. En el tránsito todo puede ser, la magia, a veces miedo y a veces calma, calor, escucha y olor a copal.

Así también con niños y niñas, en este encuentro íntimo que sabe a viejo , que se sigue haciendo y transmitiendo y donde de forma natural tan bien nos encontramos, como que de algún modo uno recuerda que no es laprimera vez que se sienta alrededor del fuego a comunicarse con el resto de la existencia, en esos lugares donde aún se permite encender el fuego y por estar lejos de la ciudad, ahí uno atina a ver estrellas, a sentir el pasto en la piel, a conversar en silencio mirando el fuego, con los pies descalzos, la voluntad relajada y el ánimo en contemplación de las montañas. Y así los niños y las niñas también, en un ritual intergeneracional que limpia el cuerpo y es bálsamo para el espíritu.

Así también. 


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